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LIZZIE BORDEN: la mujer que una canción declaró culpable… y un jurado absolvió (1892)

Una mañana de verano. Una casa cerrada con llave. Dentro, dos personas pierden la vida…

Lugar: Fall River y New Bedford, Massachusetts (EE. UU.)Época: 1892-1927Publicado: 28 de octubre de 2026Formato: Vídeo

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La mañana del 4 de agosto de 1892, en una casa estrecha del 92 de Second Street, en Fall River (Massachusetts), dos personas murieron a hachazos con unos noventa minutos de diferencia. Las puertas estaban cerradas, había gente en la casa y nadie vio entrar ni salir a ningún desconocido. Esa misma tarde, los médicos abrieron los cuerpos sobre la mesa del comedor.

La historia del juicio, la absolución y la cancioncilla infantil ya la contamos en otro expediente. Este va por otro camino: lo que se encontró dentro de aquella casa, lo que la policía no llegó a buscar y las pruebas que el jurado nunca vio. Es la parte del caso Borden que no cabe en una canción de comba.

Noventa minutos dentro de una casa cerrada

Aquella mañana durmieron en la casa cinco personas: Andrew Borden, rico hombre de negocios de casi setenta años; su segunda esposa, Abby, de 64; su hija menor, Lizzie, de 32; la criada irlandesa Bridget Sullivan, y John Morse, tío materno de Lizzie, que había llegado de visita la víspera. Emma, la hija mayor, estaba fuera de la ciudad.

Morse salió temprano. Andrew se marchó a sus negocios. Entre las nueve y las diez y media, Abby subió al cuarto de invitados para hacer la cama. Allí la alcanzó el primer golpe, de lado, en la cabeza. Según el análisis forense, estaba de cara a quien la atacó. Cayó boca abajo junto a la cama, y recibió el resto de los golpes en la parte posterior de la cabeza: dieciocho o diecinueve en total.

Nadie oyó nada. Bridget limpiaba las ventanas por fuera. Lizzie dijo después que su madrastra había recibido una nota para ir a ver a una amiga enferma y que creía que había salido. Esa nota no apareció jamás, ni nadie reconoció haberla enviado.

Hacia las diez y media volvió Andrew. La puerta principal estaba atrancada por dentro, y mientras Bridget forcejeaba con la cerradura oyó reír a Lizzie en lo alto de la escalera, a pocos metros del cuarto donde yacía Abby. Andrew se tumbó en el sofá del salón. Hacia las once, alguien le golpeó diez u once veces con un arma del tipo de un hacha de mano mientras, a juzgar por las heridas, dormía. Cuando llegaron los primeros testigos, sus heridas aún sangraban.

Lo que encontraron los médicos

El médico de la familia, Seabury Bowen, vivía enfrente. Cruzó la calle y certificó la muerte de Andrew. Poco después, una vecina y la criada subieron al piso de arriba y encontraron a Abby. Bowen certificó también su muerte.

La primera exploración se hizo esa misma tarde dentro de la casa: los médicos examinaron los cuerpos sobre la mesa del comedor mientras decenas de policías entraban y salían. Los estómagos se enviaron a analizar porque la familia había estado enferma los días anteriores y Abby temía un envenenamiento. No se encontró veneno.

El 11 de agosto, el día en que detuvieron a Lizzie, el forense del condado, William Dolan, hizo la autopsia completa en una dependencia del cementerio de Oak Grove. En ella se separaron las cabezas de los cuerpos para estudiar las heridas en el hueso. Diez meses más tarde, esos dos cráneos llegarían a la sala del tribunal.

El hacha sin mango y el vestido en la estufa

En el sótano, la policía encontró dos hachas de mano, dos hachas grandes y una cabeza de hacha con el mango partido, como si alguien lo hubiera roto a propósito. La acusación sostuvo que esa era el arma y que el mango se eliminó porque estaba manchado. Nunca lo demostró de forma convincente. Hoy esa cabeza de hacha se conserva en la Sociedad Histórica de Fall River.

La investigación tuvo agujeros graves. Nadie examinó con detalle el pelo ni la ropa de Lizzie aquella mañana, aunque quien golpeó a dos personas de esa manera difícilmente podía quedar limpio. Y las fotografías policiales dejaron una contradicción: en ellas Andrew aparece con las botas puestas, cuando Lizzie había dicho que se las había quitado para echarse en el sofá.

Unos días después, una amiga de la familia, Alice Russell, vio a Lizzie meter un vestido en la estufa de la cocina. Lizzie le explicó que iba a quemar «esta cosa vieja» porque estaba manchada de pintura. Nunca se aclaró si era el vestido que llevaba la mañana del 4 de agosto. La defensa ni siquiera intentó rebatir ese testimonio.

La coartada del granero

¿Dónde estaba Lizzie mientras mataban a su padre? Según ella, en el piso de arriba del granero, buscando plomo para hacer pesos de pesca. Quince o veinte minutos. Más tarde añadió que había estado comiendo peras. La policía consideró absurdo que alguien pasara ese tiempo en un desván sofocante en pleno agosto, y algunos agentes declararon que en el polvo del suelo no había huellas. Otros testimonios lo discutieron.

La defensa encontró un apoyo inesperado: Hyman Lubinsky, un vendedor ambulante de helados, declaró que vio a una mujer salir del granero hacia las once y tres minutos. Era poco, pero en un caso sin testigos directos cualquier minuto contaba.

Lo que el jurado nunca vio

El juicio empezó el 5 de junio de 1893 en New Bedford. El primer día, la acusación mostró en la sala los cráneos de Andrew y Abby para explicar las heridas. Lizzie se desmayó.

Pero varias de las pruebas más incómodas para ella se quedaron fuera. El tribunal excluyó su declaración en la investigación judicial, que había hecho sin abogado, que estaba llena de contradicciones y que, según se ha dicho, prestó bajo el efecto de un calmante. También excluyó el testimonio de Eli Bence, dependiente de una farmacia, que aseguró que la víspera del crimen Lizzie había intentado comprarle ácido prúsico, un veneno, para limpiar una capa de piel. Los jueces lo consideraron demasiado lejano a los hechos.

Sin esas piezas, la acusación quedó reducida a indicios: la casa cerrada, la coartada endeble, el vestido quemado y un hacha que nadie podía vincular con seguridad a las heridas. El jurado la absolvió el 20 de junio tras una deliberación muy breve.

Las preguntas que siguen abiertas

Más de 130 años después, el caso deja preguntas sin respuesta. Si fue Lizzie, ¿cómo se limpió en los pocos minutos que tuvo, dos veces, sin que nadie notara nada? ¿Dónde fue a parar el mango del hacha? Si no fue ella, ¿dónde se escondió alguien durante hora y media en una casa pequeña, con tres personas dentro, para matar a la segunda víctima y desaparecer a plena luz del día?

Se ha señalado a la criada, al tío John, cuya coartada era tan detallada que resultaba sospechosa, y a un supuesto hijo ilegítimo de Andrew que la investigación posterior descartó. La escritora Victoria Lincoln propuso en 1967 que Lizzie actuó en una especie de estado de fuga, sin plena conciencia. Ninguna teoría se ha probado.

Lizzie y Emma heredaron la fortuna. La casa de Second Street es hoy un museo donde se puede pasar la noche, incluso en el cuarto de invitados donde murió Abby. Y en el panteón familiar de Oak Grove, Lizzie descansa desde 1927 a pocos metros de su padre y de su madrastra.

Más datos del folio

  • Uno de los jueces, Justin Dewey, había sido nombrado por George D. Robinson cuando era gobernador; Robinson fue abogado defensor de Lizzie
  • Tras la absolución, Lizzie se rebautizó «Lizbeth», compró con Emma la casa Maplecroft en la colina de Fall River y fue marginada por la sociedad local; en su testamento dejó 30.000 dólares a la protectora de animales de Fall River

En 1 minuto

Lizzie Borden QUEMÓ un vestido tres días después del crimen: lo que cuenta este Short, con más detalle

¿Lo habrías creído?

Tres datos de este folio. ¿Te los habrías creído si te los cuentan sin fuentes?

Lizzie Borden no declaró en el juicio; sus únicas palabras ante el jurado fueron «Soy inocente. Dejo que mis abogados hablen por mí»

✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.

La cancioncilla apareció por primera vez como relleno humorístico en periódicos en febrero de 1894, ocho meses después de la absolución; se equivoca en el arma (hachuela), en el parentesco (Abby era su madrastra) y exagera las cifras

✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.

El día antes del crimen, Lizzie intentó comprar ácido prúsico en una farmacia «para limpiar una capa de pieles»; los jueces excluyeron ese testimonio

✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.

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