La FIEBRE DE LOS TULIPANES: la primera burbuja de la historia… ¿o un mito?
En el siglo diecisiete, en Holanda, se llegaron a pagar fortunas por un solo bulbo de tulipán. Luego los precios se desplomaron de la noche a la mañana. Es la famosa fiebre de los tulipanes, la primera burbuja financiera de la historia.
Lo que vas a aprender
En el invierno de 1636 a 1637, en las tabernas de Haarlem y de otras ciudades holandesas, se firmaban contratos por bulbos de tulipán que seguían enterrados y que no florecerían hasta meses después. Algunos se pagaban a precio de casa. A principios de febrero de 1637, los compradores dejaron de aparecer y los precios se hundieron en cuestión de días. Es la famosa «tulipomanía», citada a menudo como la primera burbuja especulativa de la historia y comparada con cada nueva euforia financiera, de las puntocom al bitcoin.
La versión popular añade ruina general, fortunas evaporadas y especuladores arrojándose a los canales. El problema es que, cuando la historiadora Anne Goldgar fue a buscar esas tragedias en los archivos holandeses, apenas encontró rastro de ellas. Hubo burbuja, sí. Pero la historia que se ha contado durante casi dos siglos se parece más a una fábula moral que a lo que pasó.
Una flor llegada del Imperio otomano
Los tulipanes llegaron a Europa en el siglo XVI desde el Imperio otomano, donde ya eran una flor muy apreciada. Se atribuye a Ogier Ghiselin de Busbecq, embajador de los Habsburgo ante Solimán el Magnífico, el envío de los primeros bulbos y semillas a Viena en 1554. Allí los cultivó el botánico flamenco Carolus Clusius a partir de 1573, y en 1592 publicó la primera gran obra dedicada a ellos.
En 1593 Clusius aceptó un puesto en la Universidad de Leiden y plantó sus bulbos en el jardín botánico de la universidad, recién creado. La floración de la primavera de 1594 se considera la primera de tulipanes en los Países Bajos. La flor despertó tanta curiosidad que en 1596 y 1598 le robaron más de 100 bulbos del jardín. Para la república holandesa, que vivía su Siglo de Oro gracias al comercio, el tulipán se convirtió en un objeto de lujo y de prestigio, algo que se coleccionaba igual que los cuadros o las conchas exóticas.
El virus que pintaba llamas
Los tulipanes más cotizados no eran los de un color uniforme, sino los llamados «rotos»: flores con pétalos atravesados por llamas y vetas de otro color, como el célebre Semper Augustus, blanco con llamas de color carmín. Nadie en el siglo XVII lo sabía, pero aquel efecto lo causaba un virus, el virus del rayado del tulipán. Además de dibujar las llamas, la infección debilitaba la planta y reducía los bulbillos que producía, que son la forma de multiplicarla sin perder sus rasgos. Es decir, los tulipanes más bellos eran también los más difíciles de reproducir, y por eso escaseaban. La enfermedad de la flor era, en buena medida, la base de su precio.
Comprar viento
Los bulbos solo se pueden sacar de la tierra entre junio y septiembre, así que durante esos meses se vendían al contado. El resto del año, compradores y vendedores firmaban ante notario contratos de compra para entregar el bulbo cuando se pudiera desenterrar. Con el tiempo, esos contratos empezaron a revenderse antes de la entrega, en reuniones que se celebraban en tabernas y que se conocían como «colegios», con sus propias reglas y comisiones.
Era un mercado sin dinero y sin flores a la vista: nadie pagaba hasta la entrega, y lo que cambiaba de manos era una promesa. Los propios holandeses lo llamaron windhandel, «comercio de viento». Además, un edicto de 1610, renovado varias veces hasta 1636, prohibía las ventas al descubierto, y los tribunales no consideraban exigibles estos contratos, de modo que quien perdía con un trato podía negarse a cumplirlo.
Según Goldgar, quienes participaban no eran deshollinadores ni tejedores arrastrados por la locura, sino sobre todo comerciantes y artesanos prósperos, a menudo unidos por lazos de familia, religión o vecindad. Los tulipanes más caros que documentó costaron unos 5.000 florines, más o menos el precio de una buena casa. Solo encontró a 37 personas que gastaran más de 300 florines, el sueldo anual aproximado de un maestro artesano. Las mayores subidas se concentraron en las primeras cinco semanas de 1637.
Febrero de 1637: el desplome y el lío de los contratos
El final suele fecharse el 3 de febrero de 1637, cuando una subasta en Haarlem no encontró compradores. Ese episodio, sin embargo, lo cuenta una sátira de la época, y las circunstancias exactas se desconocen. Lo cierto es que en pocos días el mercado se paralizó. Goldgar apunta como causas más probables el temor a un exceso de oferta y una subida que ya no podía sostenerse.
El verdadero problema llegó después. Había compradores comprometidos a pagar en mayo o junio precios altísimos por flores que ya casi no valían nada. El 7 de febrero, los cultivadores de Utrecht eligieron representantes para una asamblea, y a finales de mes delegados de varias ciudades acordaron en Ámsterdam que los contratos anteriores a diciembre de 1636 seguían siendo válidos, mientras que los posteriores podían anularse pagando un 10 %. El asunto llegó al Tribunal de Holanda, que se negó a decidir y recomendó que las partes se arreglaran entre ellas y que las ciudades buscaran su propia solución. En mayo, Haarlem permitió cancelar los contratos pagando un 3,5 % del precio. Los pleitos siguieron hasta 1639, y la mayoría de los contratos nunca llegó a cumplirse.
Como el pago no vencía hasta la entrega, muchas pérdidas fueron solo sobre el papel. Quien había comprado y revendido contratos desde el verano de 1636 no perdió nada. Los más expuestos eran quienes esperaban cobrar, y según Goldgar en general pudieron asumir el golpe. El daño más serio fue de otro tipo: en una economía que vivía del crédito y de la palabra dada, ver a tanta gente negarse a pagar lo que había firmado supuso una sacudida moral.
Lo que es mito y lo que todavía se discute
Lo que nadie discute es que hubo precios muy altos por algunos bulbos raros, un comercio especulativo de contratos y un desplome brusco en febrero de 1637.
Lo que no tiene respaldo documental son las consecuencias catastróficas. Goldgar revisó durante años escrituras notariales, listas de ventas y registros de pleitos de ciudades como Ámsterdam, Alkmaar, Utrecht y, sobre todo, Haarlem, el centro del comercio. No halló a nadie que se ahogara en un canal por culpa de los tulipanes ni a ningún arruinado por ellos, la economía holandesa siguió su curso y muchos de los comerciantes de 1637 continuaron vendiendo bulbos durante años. Tampoco encontró cadenas de reventa de más de cinco compradores, frente a la idea de que un mismo contrato cambiaba de manos diez veces al día. Y la peste que sufría Holanda esos años, a la que a veces se culpa de una especie de fatalismo especulador, estaba ya remitiendo cuando los precios tocaron techo.
¿De dónde salió entonces la leyenda? Tras el desplome circularon por los Países Bajos canciones y panfletos satíricos que se burlaban de los especuladores, con un fuerte tono moralizante y, en parte, religioso. Esos textos los recogió a finales del siglo XVIII el alemán Johann Beckmann en su historia de los inventos, y de él bebió el periodista escocés Charles Mackay en un libro de 1841 que se conoce hoy como Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds. Mackay los leyó como crónica, y su versión se repitió después en innumerables manuales de economía.
La anécdota más famosa de Mackay es la del bulbo Virrey, supuestamente cambiado por una lista de bienes valorada en 2.500 florines: trigo, centeno, bueyes, cerdos, ovejas, vino, cerveza, mantequilla, queso, una cama, ropa y una copa de plata. El historiador E. H. Krelage, en 1942, y el economista Peter Garber sostienen que el panfleto original solo enumeraba esos productos para que el lector se hiciera una idea de cuánto dinero era aquello. Según ellos, no hubo trueque.
Las cifras son otro punto delicado. La más repetida, 10.000 florines por un Semper Augustus, procede en buena parte de fuentes de la época poco fiables, y Goldgar sitúa los precios máximos documentados en torno a la mitad. El propio Garber, que reunió datos de 161 bulbos de 39 variedades, advirtió de que mezclaban «peras con manzanas».
Y queda abierto el debate de fondo: si aquello fue una burbuja irracional o algo más explicable. Garber defendió que es normal que una variedad rara y de moda alcance precios enormes y se abarate a medida que se multiplica, y el economista Earl Thompson propuso en 2007 que la clave estuvo en un cambio de reglas que convertía los contratos en algo parecido a opciones, con lo que comprometerse a pagar mucho apenas tenía riesgo. Ninguna de esas explicaciones ha cerrado la discusión, pero todas apuntan en la misma dirección: la Holanda de 1637 no se volvió loca por una flor.
Más datos del folio
- Las llamas de color de los tulipanes "rotos" se deben a un virus (potyvirus)
- Los tulipanes llegaron a Europa desde el Imperio otomano en el siglo XVI
En 1 minuto
La FIEBRE DE LOS TULIPANES no arruinó Holanda 🌷 (el mito que te contaron): lo que cuenta este Short, con más detalle
¿Lo habrías creído?
Tres datos de este folio. ¿Te los habrías creído si te los cuentan sin fuentes?
Comercio de contratos sobre bulbos ("windhandel") y desplome en febrero de 1637
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Anne Goldgar («Tulipmania», 2007) no halló pruebas de ruina económica general, suicidios ni quiebras masivas; muchas historias proceden de panfletos satíricos de 1637
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Charles Mackay popularizó la versión exagerada en «Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds» (1841)
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Para saber más
- Tulipmania: Money, Honor, and Knowledge in the Dutch Golden Age, Anne Goldgar — La investigación de archivo (2007) que desmontó la versión catastrófica y explica quién compraba tulipanes y por qué.
- Tulipomania: The Story of the World's Most Coveted Flower and the Extraordinary Passions It Aroused, Mike Dash — Una narración amena (1999) del viaje del tulipán desde Asia central hasta Holanda; es anterior al trabajo de Goldgar, así que conviene leerla junto a él.
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