JACK el Destripador, el enigma que NADIE ha resuelto
Número uno. La más aterradora de todas… porque nunca supimos quién fue.
Lo que vas a aprender
Entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888, cinco mujeres perdieron la vida en Whitechapel y Spitalfields, en el East End de Londres1. Son las llamadas «víctimas canónicas» de un autor al que nunca se identificó y al que la prensa bautizó con un nombre célebre: Jack el Destripador. El caso cierra, en el puesto 1, el Top 10 Halloween de El Archivo Curioso.
Lo que nos ha llegado es una investigación desbordada, una prensa que descubrió el poder del miedo y más de un siglo de hipótesis, ninguna definitiva.
El East End victoriano
A finales del siglo XIX, Whitechapel era uno de los barrios más pobres y abarrotados de Londres, con unos 80.000 habitantes1. Allí se concentraban inmigrantes irlandeses y, desde 1882, refugiados judíos que huían de los pogromos de Europa del Este. Muchas personas dormían en pensiones baratas donde se pagaba la cama por noches, y la pobreza empujaba a muchas mujeres a la prostitución: la Policía Metropolitana calculaba que en el distrito había unas 1.200.
Las cinco víctimas canónicas compartían esa vida precaria. En los archivos policiales, su caso forma parte de un expediente más amplio, el de los «asesinatos de Whitechapel», que reúne once muertes entre 1888 y 18911. Los expertos no se ponen de acuerdo en cuántas fueron obra del mismo autor.
Una investigación sin precedentes
Al principio llevó el caso la división H de la Policía Metropolitana; después llegaron detectives de Scotland Yard, entre ellos el inspector Frederick Abberline, con el inspector jefe Donald Swanson coordinando la investigación. Cuando uno de los crímenes se produjo dentro de la City, entró también su policía, que era independiente.
La escala fue enorme para la época: más de 2.000 personas interrogadas, más de 300 investigadas y unas 80 detenidas1. Los vecinos crearon en septiembre de 1888 el Comité de Vigilancia de Whitechapel, que patrullaba las calles y ofrecía su propia recompensa. El médico Thomas Bond redactó a finales de octubre una valoración del autor que se considera el perfil criminal más antiguo conservado1. Aun así, sin huellas dactilares ni análisis forenses modernos, la policía trabajaba casi a ciegas. El comisario Charles Warren dimitió en noviembre de 1888, enfrentado al Ministerio del Interior y bajo duras críticas5.
La prensa y las cartas
La prensa barata vivía su gran momento, y los crímenes dispararon las ventas. Muchos periódicos publicaron rumores y acusaciones sin base, que llegaron a provocar la detención de inocentes. La revista satírica *Punch* retrató a la policía como un jugador de la gallina ciega.
A la agencia Central News llegó el 27 de septiembre una carta fechada dos días antes, la famosa «Dear Boss», firmada como «Jack the Ripper»2. De ahí salió el nombre. Le siguieron cientos de cartas, casi todas falsas. Ya en 1913, el inspector jefe John Littlechild escribió que en Scotland Yard se atribuía aquella carta a un periodista2. La única que se toma algo más en serio, la enviada «desde el infierno» el 16 de octubre a George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia, tampoco está probada, y su original se ha perdido3.
Más de cien sospechosos
En 1894, Melville Macnaghten, uno de los jefes de Scotland Yard, redactó un memorándum en el que mencionaba a tres sospechosos, aunque las pruebas eran circunstanciales y el documento contenía errores1. Con los años, la lista ha superado el centenar de nombres, entre médicos, vecinos del barrio, un pintor como Walter Sickert, defendido por la novelista Patricia Cornwell, e incluso un nieto de la reina Victoria, el príncipe Alberto Víctor. Ninguna de esas teorías ha resistido el escrutinio de los historiadores.
Qué es mito y qué no
Es real que cinco mujeres perdieron la vida en diez semanas, que la investigación fue enorme y que el autor nunca fue identificado. Es real que el nombre de «Jack el Destripador» procede de una carta que muy probablemente no escribió él.
No es cierto que el ADN haya cerrado el caso. En 2014, el aficionado Russell Edwards anunció que un chal comprado en 2007 contenía ADN que apuntaba a Aaron Kosminski, uno de los sospechosos de Macnaghten, y en 2019 los bioquímicos Jari Louhelainen y David Miller publicaron el análisis en el *Journal of Forensic Sciences*. Las críticas fueron muchas: no hay documentación histórica que sitúe ese chal en la escena del crimen, pudo contaminarse en más de un siglo, el ADN mitocondrial puede descartar sospechosos pero no identificar a uno solo, y los autores no publicaron las secuencias completas4. En 2024 la propia revista añadió una nota de preocupación al artículo1.
La cultura popular ha convertido el caso en un género, la «ripperología», con hitos como la novela *The Lodger* (1913) o el cómic *From Hell*. Historiadoras como Hallie Rubenhold han propuesto mirar a otro lado: a las vidas de las mujeres, en lugar del enigma del autor.
Más datos del folio
- Policía, periódicos y público recibieron cientos de cartas; la gran mayoría se consideraron falsas o inútiles
- La policía llegó a creer que la «Dear Boss» la escribió un periodista; en 1913 el inspector jefe John Littlechild dijo que los altos mandos atribuían la carta al periodista Tom Bullen (Thomas J. Bulling), y en 1931 el periodista Fred Best supuestamente confesó haber participado
¿Lo habrías creído?
Tres datos de este folio. ¿Te los habrías creído si te los cuentan sin fuentes?
Las cinco víctimas «canónicas» perdieron la vida en Whitechapel y Spitalfields entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre de 1888; el autor nunca fue identificado
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
La carta «Dear Boss», fechada el 25 de septiembre de 1888, llegó a la Central News Agency el 27 y pasó a Scotland Yard el 29; es el origen del nombre «Jack the Ripper», con el que iba firmada
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Frase citada (traducida): «I keep on hearing the police have caught me but they wont fix me just yet»
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
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