¿Napoleón era bajito? El mito que nos creímos 200 años
Napoleón medía alrededor de 1,68 m, una estatura normal para su época. El mito nace de confundir unidades francesas e inglesas y de las caricaturas británicas.
Lo que vas a aprender
Pide a cualquiera que describa a Napoleón y casi seguro que saldrá un hombrecillo con bicornio, la mano metida en el chaleco y muy mal genio. La idea de que era bajito está tan asentada que hasta lleva su nombre una supuesta forma de ser: el «complejo de Napoleón». Sin embargo, las medidas que se tomaron de su cuerpo tras su muerte dan una estatura de alrededor de 1,68 metros, corriente para un francés de su tiempo.
¿Cómo acabó un hombre de talla media convertido en el símbolo universal de los bajitos? La respuesta mezcla tres ingredientes muy distintos: un problema de unidades de medida, una campaña de caricaturas británicas y un apodo cariñoso que hemos leído al pie de la letra.
Una medida tomada en Santa Elena
Napoleón murió en 1821 en la isla de Santa Elena, en pleno Atlántico sur, donde los británicos lo tenían desterrado. Tras su muerte, su médico, Francesco Antommarchi, le practicó la autopsia con ayuda de Louis Marchand, el ayuda de cámara del emperador. En sus memorias, Marchand dejó anotada la estatura total: 5 pies, 2 pulgadas y 4 líneas.
La cifra parece minúscula, pero no son pies ingleses. Aunque Francia había adoptado el sistema métrico décadas antes, en la práctica se seguían usando las viejas medidas del Antiguo Régimen, y esas unidades eran más largas que las inglesas. Según la Fondation Napoléon, el pie francés medía 32,47 centímetros (frente a los 30,47 del inglés); la pulgada francesa, unos 2,7 centímetros (frente a 2,54), y la línea, 0,22 centímetros. Con esas equivalencias, la medida de Santa Elena da 1,686 metros.
Ahí está la trampa. Si alguien lee «5 pies y 2 pulgadas» pensando en unidades inglesas, obtiene unos 1,57 metros, casi 12 centímetros menos. Ese malentendido, repetido una y otra vez en el mundo anglosajón, alimentó la imagen de un Napoleón diminuto.
Las cifras no coinciden del todo
Conviene no sustituir un mito por una precisión falsa: la estatura exacta de Napoleón sigue discutiéndose. La propia Fondation Napoléon recoge otro testimonio de Santa Elena, el de Andrew Darling, un tapicero inglés presente en la isla, que anotó 5 pies y 7 pulgadas inglesas, es decir, unos 1,70 metros. El británico John Leslie Foster, en una carta de 1802, ya le había atribuido una talla parecida. Según qué fuente se use, las estimaciones serias se mueven entre 1,67 y 1,70 metros. Lo que ninguna sostiene es el metro cincuenta y pocos de la leyenda.
También es cierto que algunos contemporáneos lo vieron menudo. De joven se le describía a menudo como pequeño y delgado, y el pintor inglés Joseph Farington, que lo vio en 1802, escribió que estaba por debajo de la estatura media. Otros cambiaban de opinión al tratarlo: Hyde de Neuville, que al principio lo encontró bajo, contó tras una entrevista en 1799 que de pronto le había parecido muchísimo más alto. La impresión de estatura, como se ve, dependía mucho del observador y del momento.
¿Bajo para su época?
Para juzgar si alguien era alto o bajo hay que compararlo con sus contemporáneos, no con nosotros. El historiador económico John Komlos analizó registros militares franceses y calculó que los hombres del siglo XVII medían de media unos 162 centímetros. Hacia 1700, con la mejora del clima, la media subió casi 4 centímetros, siguió creciendo hasta los nacidos en la década de 1740 y luego volvió a bajar a finales del siglo XVIII. Napoleón nació en 1769, en plena fase de descenso.
Con 1,68 metros, por tanto, estaba en la media de los franceses de su generación o algo por encima. No era un gigante, pero tampoco el hombrecillo de las caricaturas.
Su entorno, en cambio, sí jugaba en su contra. A los granaderos de la Vieja Guardia, su escolta de élite, se les exigía según las cifras habituales una talla de al menos 1,78 metros, y además llevaban altos gorros de piel de oso. Mariscales como Murat se paseaban cargados de plumas y bordados, mientras que Napoleón solía vestir de forma sencilla, con su pequeño sombrero de escarapela lisa. Rodeado de gente así, cualquiera parecería poca cosa.
La guerra de las caricaturas
La imagen del Napoleón enano nació en Gran Bretaña. Cuando se rompió la paz de Amiens y la guerra se reanudó en 1803, la prensa satírica británica se volcó en ridiculizar al enemigo. El más influyente fue James Gillray (1756-1815), un caricaturista que nunca vio a Napoleón en persona y que lo convirtió en «Little Boney», un hombrecillo infantil y rabioso.
En «The King of Brobdingnag and Gulliver» (1803), Gillray dibujó al rey Jorge III examinando con un catalejo a un Napoleón minúsculo que sostiene en la palma de la mano, como en los viajes de Gulliver. En «Maniac-raving's, or Little Boney in a strong fit», del mismo año, lo pintó como un niño en plena rabieta. Y en la célebre «The Plumb-pudding in danger» (1805), en la que el primer ministro William Pitt y Napoleón se reparten el mundo como si fuera un pudin, el francés aparece mucho más pequeño que su rival. Otros dibujantes siguieron la misma línea: George Cruikshank lo representó como un pajarillo posado en el dedo del gigantesco mariscal prusiano Blücher, y en agosto de 1815 una estampa lo mostraba saltando a la comba con una cuerda que sujetaban Wellington y Blücher.
La historiadora del arte Constance McPhee lo resumió así: los caricaturistas jugaban con el tamaño y la ropa para desinflar simbólicamente a un enemigo militar que daba miedo. Se atribuye a Napoleón la frase de que Gillray hizo más por derribarlo que todos los ejércitos de Europa; es una cita de la que no hay constancia segura, pero refleja bien el poder de aquellas estampas.
Un apodo que no hablaba de centímetros
El otro gran malentendido es «le petit caporal», el pequeño cabo. Sus soldados empezaron a llamarlo así durante la campaña de Italia de 1796, que lo convirtió en un general famoso. Una explicación tradicional lo relaciona con la batalla de Lodi, el 10 de mayo de 1796, donde Bonaparte habría dirigido en persona algunos cañones como un simple suboficial, aunque no hay pruebas de la época que lo confirmen.
Sea cual sea su origen, el apodo era una muestra de cariño, no una burla sobre su altura. Sus hombres le dieron varios apelativos que empezaban por «le petit», y en francés ese adjetivo funciona a menudo como un diminutivo afectuoso, del mismo modo que en español decimos «chiquillo» sin pensar en el tamaño. Traducido como «little», sin embargo, encajaba a la perfección con el Napoleón de las caricaturas.
Qué es mito y qué no
Es mito que Napoleón midiera alrededor de 1,57 metros: esa cifra sale de leer en unidades inglesas una medida tomada en unidades francesas. Es cierto que no era alto y que, al lado de su guardia y sus mariscales, podía parecer menudo. Y sigue siendo discutible su estatura exacta, entre 1,67 y 1,70 metros según la fuente.
El «complejo de Napoleón» también merece una revisión. La idea viene del psicólogo austríaco Alfred Adler, que en los años 20 habló del «complejo de inferioridad» para describir a niños que, por ser pequeños o poco tenidos en cuenta, buscaban dominar su entorno. La expresión se aplicó después a hombres ambiciosos en general; un artículo de 1928 ya se quejaba del «complejo de Napoleón» de muchos empresarios. Los estudios modernos no dan un resultado claro: uno de la Universidad de Groningen encontró más celos en hombres bajos, mientras que un experimento de la Universidad de Central Lancashire en 2007 concluyó que los bajos no perdían los nervios más que los altos, sino al revés. El hombre que da nombre al complejo, en cualquier caso, no era bajito.
¿Lo habrías creído?
Tres datos de este folio. ¿Te los habrías creído si te los cuentan sin fuentes?
Su altura se anotó como 5 pies y 2 pulgadas, pero en unidades francesas, más largas que las inglesas.
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Equivale a unos 1,68 m, normal o algo por encima de la media francesa de la época.
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
El caricaturista británico James Gillray lo dibujaba diminuto y furioso («Little Boney», 1803).
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
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