La GRAN INUNDACIÓN DE MELAZA de Boston: la ola dulce que mató a 21 personas
El 15 de enero de 1919 reventó en Boston un tanque con más de ocho millones de litros de melaza. La ola mató a 21 personas, y en 2016 se explicó por qué un jarabe fue tan letal.
Lo que vas a aprender
El 15 de enero de 1919, poco después del mediodía, un enorme tanque de acero reventó junto al puerto de Boston y soltó de golpe unos 8,7 millones de litros de melaza. La ola marrón barrió varias manzanas del North End, el barrio obrero e inmigrante de la ciudad, levantó casas de sus cimientos, golpeó las vigas del ferrocarril elevado y dejó 21 muertos y unos 150 heridos. Suena a leyenda urbana, y durante décadas se contó casi como una anécdota pintoresca. No lo era.
Detrás de aquella catástrofe hubo prisas, ahorro mal entendido y una empresa que prefirió disimular los problemas antes que arreglarlos. Y hubo también un misterio físico que no se explicó del todo hasta casi un siglo después: cómo un líquido tan lento como la melaza pudo convertirse en una trampa mortal.
Un tanque construido con prisas
El tanque estaba en el número 529 de Commercial Street y pertenecía a la Purity Distilling Company, que en 1917 pasó a manos de la United States Industrial Alcohol (USIA). Medía unos 15 metros de alto y 27 de diámetro, y podía guardar 2,3 millones de galones estadounidenses. Su función era sencilla: recibir la melaza que llegaba en barco y enviarla por tubería a una planta de Cambridge, donde se fermentaba para obtener alcohol. Ese alcohol industrial tenía mucha salida en plena Primera Guerra Mundial, entre otras cosas para fabricar municiones.
La construcción, terminada en 1915, la supervisó Arthur Jell, tesorero de la empresa, que no tenía formación de ingeniero ni de arquitecto. Según el historiador Stephen Puleo, Jell ni siquiera hizo la prueba básica de llenar el depósito de agua para buscar fugas: solo puso unos 15 centímetros. Tampoco hacía falta permiso de obras, porque el tanque se consideraba un recipiente y no un edificio. El resultado se vio desde el primer llenado: el acero rezumaba melaza por las juntas. Los vecinos la recogían en cubos para llevársela a casa, y la respuesta de la empresa fue pintar el tanque de marrón para que las manchas no se notaran.
El 15 de enero de 1919
Tras varios días de frío intenso, la temperatura había subido con rapidez, desde unos 17 grados bajo cero hasta rondar los 5 grados positivos. Además, poco antes había llegado un barco con melaza caliente, que se añadió a la que ya estaba fría dentro del tanque. Hacia las 12:30, según la mayoría de los relatos, los testigos oyeron un estruendo y un tableteo parecido al de una ametralladora: eran los remaches saltando. Las planchas de acero se abrieron y unas 12.000 toneladas de melaza salieron de una vez.
La ola avanzó por las calles a una velocidad que suele estimarse en unos 56 kilómetros por hora y con una altura máxima de unos 8 metros, aunque, como veremos, esas cifras están lejos de ser seguras. Lo que no admite discusión es su fuerza. Los restos del tanque golpearon los pilares del ferrocarril elevado, y un tren llegó a salirse momentáneamente de las vías. Un camión acabó en el agua del puerto. La estación de bomberos número 31 quedó destrozada y casi fue arrastrada al mar, y varias manzanas quedaron cubiertas por una capa de melaza de 60 a 90 centímetros.
Entre las 21 víctimas hubo trabajadores de un depósito municipal cercano, conductores de carros, un bombero y dos niños de 10 años. También murieron varios caballos.
Rescate y limpieza: semanas pegados al suelo
Los primeros en llegar fueron 116 cadetes del buque escuela USS Nantucket, amarrado muy cerca, que se metieron en la melaza para sacar a quien pudieran. Después acudieron la policía, la Cruz Roja y personal del ejército y la marina, y se improvisó un hospital en un edificio próximo. La búsqueda de víctimas se prolongó durante 4 días.
Limpiar fue otra odisea, porque la melaza pegaba los escombros al suelo. Se descubrió que el agua salada del puerto, lanzada desde un barco bomba, ayudaba a disolver el jarabe, y se echó arena para absorber el resto. La zona más afectada tardó semanas en quedar despejada, y el agua del puerto siguió teñida de marrón hasta el verano.
Por qué un jarabe fue tan mortal
¿Cómo puede matar algo que se usa para endulzar? En 2016, la ingeniera Nicole Sharp y los investigadores Jordan Kennedy y Shmuel Rubinstein, vinculados a la Universidad de Harvard, presentaron un estudio en un congreso de la American Physical Society. Revisaron cientos de páginas de crónicas y periódicos de la época, mapas de los edificios y datos meteorológicos históricos, e hicieron experimentos con modelos a escala y jarabe frío.
Su conclusión fue que la velocidad que contaban los testigos era físicamente creíble: la gravedad bastaba para empujar una masa tan enorme a gran velocidad. Pero la clave estaba en lo que vino después. La melaza, que había salido relativamente templada, se enfrió deprisa en contacto con el aire de enero, que esa noche bajó de cero. Según Sharp, su viscosidad pudo multiplicarse por 4 o más. Quien quedaba atrapado no podía salir, y rescatarlo era dificilísimo. Rubinstein lo resumió con crudeza: con más calor, la melaza habría llegado más lejos pero en una capa más fina, y habría atrapado a menos gente.
Quedaba la otra mitad del misterio: por qué se rompió el tanque. Un análisis del ingeniero de estructuras Ronald Mayville, publicado a mediados de la década de 2010, concluyó que las paredes de acero tenían la mitad del grosor que habrían necesitado incluso con las normas de la época. El acero, además, era pobre en manganeso, lo que lo hacía más frágil, y los agujeros de los remaches no estaban reforzados. La rotura empezó probablemente en una grieta por fatiga cerca de una boca de inspección en la base. En sus 4 años de vida, el tanque solo se había llenado por completo 8 veces.
El juicio que cambió las reglas
La USIA se defendió culpando a unos anarquistas que, según la empresa, habrían volado el tanque porque parte de su alcohol acababa en municiones. No había pruebas de nada de eso. 119 vecinos y afectados presentaron una demanda colectiva, una de las primeras de Massachusetts, y el tribunal nombró como auditor a Hugh W. Ogden. Tras unos 3 años de audiencias, Ogden concluyó que la empresa era responsable porque el tanque era inseguro. Según los Archivos de la Ciudad de Boston, su dictamen se conoció en 1925.
La compañía pagó unos 628.000 dólares de la época, y las familias de cada fallecido recibieron alrededor de 7.000. Pero la consecuencia más duradera fue normativa: el departamento de edificación de Boston empezó a exigir que los cálculos de ingenieros y arquitectos se presentaran junto a los planos y que estos fueran firmados y sellados, y la supervisión de profesionales titulados se extendió como práctica. Puleo llega a decir que buena parte de las normas de construcción que hoy damos por supuestas nacen de este desastre.
El tanque nunca se reconstruyó. Donde estaba hay hoy un parque con un campo de béisbol, Langone Park, y una placa recuerda lo sucedido. En el centenario, en 2019, un radar de penetración terrestre localizó los restos de la base de hormigón a unos 50 centímetros bajo el césped, y se leyeron en voz alta los nombres de las 21 víctimas.
Qué es mito y qué no
Que la ola existió y fue mortal está fuera de duda. Lo que bailan son las cifras. La velocidad más repetida, 56 kilómetros por hora, convive con otras de unos 40, y la altura de la ola va, según la fuente, de unos 4,5 a 12 metros. Incluso la hora y la indemnización cambian: hay relatos que sitúan el estallido hacia la una de la tarde, y la revista Yankee habla de más de un millón de dólares pagados y 125 demandantes, frente a los 628.000 dólares y 119 demandantes que dan otras fuentes.
Tampoco está claro el famoso «aroma» posterior. Que el North End siguiera oliendo a melaza en los días de calor durante décadas es un testimonio de los vecinos que forma parte del folclore local, no un dato medido.
Por último, hay una coincidencia que alimenta especulaciones: el 16 de enero de 1919, un día después del desastre, se ratificó la Decimoctava Enmienda, la que abrió paso a la Ley Seca. Algunos autores sostienen que la empresa forzaba la producción para adelantarse a la prohibición, y que eso explicaría las prisas por llenar el tanque. Es una hipótesis, no un hecho probado. Lo que sí quedó demostrado en el juicio es que la culpa no fue de ningún anarquista, sino de un tanque mal construido, mal probado y peor vigilado.
Más datos del folio
- En 2016, investigadores de Harvard mostraron que el frío espesó la melaza y atrapó a las víctimas.
- 119 vecinos demandaron a la empresa en una de las primeras demandas colectivas de Massachusetts.
En 1 minuto
La ola de melaza que mató a 21 personas: el culpable fue el frío: lo que cuenta este Short, con más detalle
¿Lo habrías creído?
Tres datos de este folio. ¿Te los habrías creído si te los cuentan sin fuentes?
El tanque goteaba desde 1915 y la empresa lo pintó de marrón para disimular las fugas.
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
Los testigos oyeron un ruido como de ametralladora: eran los remaches saltando.
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
La ola avanzó, según estimaciones, a unos 56 km/h (las cifras varían).
✓ Es verdad. Está en este folio y en sus fuentes.
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